LOS ENTIERROS
Se dice que son tesoros ocultos,
consistentes en monedas de oro, plata o alhajas, las cuales son depositadas en
una botija, pimpina o tinaja. Dichos envases eran enterrados en el patio, en
algún aposento de la casa, otras veces al pie de un árbol (preferiblemente una ceiba,
samán, mamón, mango, tamarindo, merecure o algún otro árbol), pero
frecuentemente los sepultureros de tesoros preferían los traspatios abandonados de las viejas casonas.
Las historias sobre entierros de morocotas y tesoros, tienen su origen en la costumbre generalizada de las personas que vivieron durante la época colonial y el período republicano, de enterrar o tapiar en las paredes de sus casas, todos aquellos objetos de valor y muy especialmente sus riquezas en morocotas de oro, perlas y piedras preciosas.
Se cree que cuando los conquistadores llegaron a America los indios enterraron fabulosos tesoros, para asi evitar el saqueo de los españoles. Tambien se sabe que, a partir del sigo XVI, los piratas que asolaban nuestras playas sepultaban en ella el botin robado a los barcos españoles.
Posteriormente, durante la Colonia, muchas familias criollas acumularon grandes fortunas, y al sobrevivir a la guerra de Independencia enterraron sus tesoros, pues para entonces eso era lo mas seguro.
Cuando Boves invadió la ciudad de Caracas, muchas familias huyeron al oriente del pais para escapar de una muerte terrible, a manos del enloquecido y sanguinario jefe realista, y para salvar su dinero lo enterraron, junto a determinado árbol o piedra, con la esperanza de regresar y recuperarlo. Pero hombres que habían enterrado verdaderas fortunas, murieron sin poder desenterrarlas, a causa de la guerra o porque olvidaron el sitio exacto del Entierro.
Hay quienes afirman que cuando los ricos hacendados debían cambiar de residencia a causa de la guerra, o querían poner su fortuna a salvo de posibles ladrones, sacrificaban a uno o dos esclavos y los enterraban junto con el oro, a manera de macabros vigilantes.
El hoyo para el entierro lo hacía, por lo regular, un esclavo. Al esclavo, para evitar que revelara el secreto lo mataban y lo enterraban sobre el dinero. Así se originaron los llamados entierros condenados o «condenaos» y de vigía.
Con el paso de los años , se crearon relatos de espantos y apariciones de animales que custodiaban el lugar donde se hallaba el escondite.
Refiere la tradición que el enterrador no informaba
a sus allegados el ocultamiento del entierro, por lo que al morir se llevaba
consigo el secreto y se convertía en un ánima en pena, que algunas veces se
aparece a los beneficiarios en sueños, otras sale por las noches
(preferiblemente) produciendo ruidos de cadenas arrastradas, golpeando,
abriendo o cerrando puertas violentamente (portazos), celajes y a veces se oyen
pasos arrastrados o una luz muy brillante que va desde algún lugar de la casa
hasta apagarse en el sitio donde se halla oculto el entierro. Esto lo hace el
muerto, para indicarle al beneficiario elegido (preferiblemente un allegado) la
ubicación del tesoro; comprometiéndose el beneficiario por su parte a hacerle
misas y rezos al difunto; en cambio si el convenio es con Satanás, hay que
empeñarle el alma o los hijos que se tengan.
Pero cuando el dueño se moría y no aparecía el dinero ni las prendas, ni en vida le había revelado a nadie el sitio del entierro, empezaban los comentarios. Se decía que salía el muerto. Que se veía la luz. Que soñaban con el difunto. Que el fallecido andaba en penas. Que el entierro era condenado o de vigía porque la luz era roja y botaba como chispazos de candela y nunca se ponía azulita como en los entierros buenos. Que el muerto cargaba la luz en la cabeza, en la boca, en las manos o en los pies.
Se aseguraba que los entierros no se podían sacar sin que el muerto se los diera a alguna persona, bien saliéndole en figura o hablándole sin que lo viera o revelándole en sueño el sitio, y que los que se conseguían ocasionalmente eran siempre por gusto del muerto que buscaba esa otra forma de darlos para no asustar a nadie.
También existen muchos timadores, que sabedores de
la existencia de ingenuos interesados en sacar entierros, buscan a esas
potenciales víctimas para venderles la idea de sacar uno, que se halla oculto
en determinado paraje, pero que necesitan recursos (económicos) para la
consecución del proyecto.
Los cuentos de entierros son un puente entre la realidad y lo imaginario, que forma parte de las expresiones culturales de los pueblos.
La famosa botija que es donde se resguarda el tesoro; puede tratarse de una botija de oro, de plata o de joyas, en donde la creencia material del tesoro, se mezcla con la creencia mágica de los espíritus que pueden resguardar estas joyas.
Las botijas de oro son guardadas por su dueño, por lo general, se asegurará que en los medios físicos y espirituales, su tesoro esté resguardado de manos ajenas a la suya, por lo que podrá recurrir, tanto a ocultar muy bien la botija, como invocar espíritus para su protección.
Es allí donde reposan las creencias mágicas de estos entierros, ya que en muchas ocasiones, las personas que encontraron las botijas de oro, sufrieron desgracias, fueron perseguidas por entes malignos, o perdieron la paz y cordura en sus vidas.
Algunas creencias apuntan a que se pueden contrarrestar, por ejemplo, si una parte del tesoro es donada a la iglesia o se reparte entre los seres queridos o descendientes del dueño original; además, de realizar diversos rituales para intermediar con los espíritus que cuidan la botija de oro.
Otras leyendas apuntan a que una persona de buen corazón, un alma pura y noble, podrá hacerse con este tesoro luego de haber dado parte de él, y de serle manifestado por los espíritus guardianes, el permiso para disfrutar de las joyas, alhajas o morocotas.
Cuentan los abuelos que los jueves y viernes a mediodía o a la medianoche, estos tesoros están a flor de tierra listos para que algún afortunado los encuentre. De querer encontrar uno de estos, se debe ir al lugar con una moneda de plata debajo de la lengua y agua bendita. Si logra vencer el espanto, sacará el entierro, pero no debe romper la múcura o abrir la bolsa de cuero de inmediato, ya que el óxido de los metales podría envenenarlo.
En ese sentido vale mencionar el tema El Muerto de
las tres Matas, del cantante Hipólito Arrieta, en que relata el chasco que le
pasó al negro Zenón Rapia, quien engañado por un “vivo” y un indio (de seguro
el Diablo) vestido de cura, perdió todo el dinero que había invertido en su
anhelado proyecto de conseguir un Entierro.
Recopilación Orlando Nieves
Fuentes:
Facebook de Pedro Mujíca
Juan Fuentes steemit.com
José Joaquín Salazar Franco (Cheguaco)
Cuentos de entierros: música llanera.net
El rincón de los recuerdos (Facebook) Luis Terán