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jueves, 7 de mayo de 2026

EL ALTAR DE BARRO

 



Donde el Tiempo se Detuvo 

Pudo ser la casita de cualquiera 

Hay paredes que no solo sostienen techos, sino que resguardan el alma de un pueblo. Esta casita no fue la mía , pudo ser la de cualquier persona , con sus tejas curtidas por el sol y su adobe herido pero firme, es el monumento vivo a una época.

En aquel patio, el mundo era inmenso. El árbol de mango era un castillo de sabor , y las ramas del aguacate escalera a trepar , la guayaba y el naranjo eran las alacenas de Dios, dulces y sabrosas . No hacía falta permiso para merendar; bastaba con estirar la mano y sentir el dulzor de la fruta fresca. Allí, entre juegos de escondite, se crecía protegidos por la sombra y el aroma a tierra húmeda.

El ritual empezaba antes de que el sol asomara. El gallito despertador daba la señal y la cocina de leña, comandada por la abuela y la mamá, comenzaba a humear. Era una casa de puertas abiertas: jamás faltó un café caliente o un plato de desayuno para quien llegara de improvisto. Mientras tanto, el papá se perdía en el horizonte, entregado a las faenas de su respectivo trabajo para traer el sustento.


SIEMPRE RECORDAREMOS 

 El frío de la tinaja que guardaba el agua más pura.

 La ponchera para lavarse las manos tras la jornada.

El susurro de los colibríes y las abejas danzando entre las flores.

La seguridad del mosquitero al caer la noche, con las vacinillas bajo la cama y la luz tenue de la lámpara de kerosen.

Días de Sol, Días de Truenos

Los domingos eran de gala: misa, sopas y caballos radiales , abrazos con el compadre y bendiciones a los ahijados. Pero también recordamos el respeto al cielo; cuando los truenos y relámpagos sacudían el techo de zinc, había que refugiárse en el sonido celestial del golpe del chaparrón al techo , solo interrumpido por las noticias del radiecito de pila. Y si alguien se portaba mal, allí estaba el rejo o el mandador, recordándonos que el respeto era la base de todo. 

 Cada mañana, el milagro se repetía: de esa casita digna salían niños con el uniforme de bata blanca, limpiecita y bien planchada, rumbo a la escuela. Era el contraste del barro con la pureza de un futuro que se tejía con esfuerzo.

Resistiendo el tiempo, esta casa nos mira hoy para recordarnos lo que verdaderamente importa. 

Al caer la tarde, el ritual sagrado era sentarse al frente, saludar a cada caminante y sentir el calor de una familia unida.

 Porque en aquel rincón de cualquier pueblecito de Venezuela había una casita mágica llena de felicidad , aprendimos que el amor es el único material que no se derrumba, y que la pobreza de bolsillo nunca pudo ganarle a la inmensa riqueza del corazón. 

Autor : Luis Humberto Contreras

 
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