El Gallardero: el hato donde cada toro valía una morocota de oro
En la vereda Cabuyare, jurisdicción del municipio de Arauca, cuando aún existía la Comisaría Especial de Arauca, floreció uno de los hatos más importantes de las sabanas araucanas: El Gallardero, propiedad de don Román Gallardo.
Quienes alcanzaron a conocerlo lo describían como un hombre de carácter recto, honrado en los negocios, de pocas palabras y muy analítico en sus apreciaciones. Su nombre llegó a convertirse en sinónimo de seriedad y cumplimiento. Aunque no existe un registro exacto, algunos antiguos conocedores afirmaban que El Gallardero llegó a superar las 10.000 reses, convirtiéndose en uno de los grandes hatos de la región. Los relatos de la época cuentan que don Román vendía cada año más de 500 toros de tres años en adelante. La venta tenía una escena que muchos nunca olvidaron. A un costado del corral extendían una manta o una ruana. Cada vez que un toro cruzaba la puerta rumbo a su nuevo dueño, se escuchaba decir al comprador:
—¡Salió otro toro, don Román... ahí va la morocota!
Acto seguido, una moneda de oro caía sobre la manta.
Toro tras toro.
Morocota tras morocota.
Así fue reuniendo una fortuna que muy pocos alcanzaron a imaginar.
Vale aclarar qué era una morocota, porque hoy muchos no lo saben: era la moneda de oro de 20 dólares estadounidenses conocida como la "Doble Águila", acuñada entre 1849 y 1933, que circuló ampliamente por Venezuela y Colombia en el siglo XIX antes de que existieran los bancos en la región. Su aleación era de 90% oro y 10% cobre, con una pureza de 21,6 quilates. En los llanos, era la medida de la riqueza de un hombre.
Tras la muerte de don Román Gallardo, el hato fue dividido entre sus herederos y, con el paso de los años, desapareció como gran unidad ganadera. Las tierras pasaron a manos de su descendencia, y fue así como El Gallardero llegó a ser propiedad de doña Teresa Silva Gallardo, nieta de don Román, quien habitó el lugar cuando el hato ya no existía como tal. Solo quedaban en pie las casas y los árboles. Fue allí donde nació y se crió su hijo Ramón Odilio Gutiérrez Silva, quien recorrió de niño los mismos corrales donde alguna vez sonaron las morocotas de oro, sin saber aún que cargaba en la sangre la memoria de uno de los hatos más legendarios de Arauca.
Sin embargo, el tiempo no logró borrar todas sus huellas.
En el lugar donde existió el antiguo fundo todavía permanecen en pie tres enormes árboles de mango, que algunos estiman podrían tener más de dos siglos de existencia y que, según la tradición, habrían sido sembrados por el propio don Román.
También se conservan las marcas de los antiguos corrales donde durante décadas se trabajó el ganado y las bestias. Hoy esos sitios permanecen custodiados por frondosos camoruros, jobos, un caimito y un imponente palo de zarrapio, silenciosos testigos de una época de esplendor ganadero.
Hace aproximadamente 45 años, Ramón Gutiérrez Silva, bisnieto de don Román, talando un enorme monte para sembrar cultivos de sustento, encontró las huellas de un enorme corral antiguo. Entre la tierra aparecieron dos objetos que despertaron curiosidad: un freno enterizo, sin gonce, elaborado en hierro macizo, utilizado para frenar caballos, y una sierra de estoconar ganado, también completamente de hierro. Lamentablemente, aquellos objetos no recibieron el valor histórico que merecían y con el tiempo desaparecieron nuevamente.
Pero quizás el mayor misterio de El Gallardero sigue siendo otro.
La tradición oral sostiene que toda la fortuna que don Román reunió durante años gracias a la venta de sus toros —morocota tras morocota— fue enterrada antes de su muerte. Y ese detalle no es casual: en aquella época, antes de que existieran los bancos en la región, era costumbre extendida entre los grandes hacendados enterrar sus morocotas de oro en tinajas o botijas, escondidas en los patios, las paredes o algún rincón del fundo. Muchos murieron sin revelar el lugar. Hasta hoy nadie ha podido demostrar si aquel tesoro de El Gallardero realmente existe o si permanece oculto bajo las sabanas donde alguna vez pastaron miles de reses.
No se conoce con exactitud la fecha de fundación de El Gallardero, pero existen referencias que indican que el hato aún existía en 1916, siendo recordado como uno de los grandes fundos ganaderos de la antigua Arauca.
📖 Serie: Los Hatos Perdidos de Arauca.
✍️ Recopilación e investigación: Ramón Odilio Gutiérrez Ostos. El autor es hijo de Ramón Odilio Gutiérrez Silva, quien nació y se crió en El Gallardero, y nieto de doña Teresa Silva Gallardo, última heredera del antiguo fundo.





julio 02, 2026
