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lunes, 8 de junio de 2026

EL LLANO DÁ PERO TAMBIÉN COBRA


 Esto no lo aprendí en libros ni lo saqué de cuentos de internet…

esto me lo contó mi abuelo, Don Julián Rojas, caporal de hato en el bajo Apure, por los lados donde el río se desborda en invierno y en verano la tierra se abre como cuero reseco, un hombre criado entre ganado bravo, madrugadas frías y silencios que enseñan más que cualquier palabra.

Él siempre hablaba con calma, pero cuando tocaba el tema del Silbón, el tono le cambiaba, como si recordara algo que todavía le pesaba.

—El llano no asusta… advierte.

Todo ocurrió entre Elorza y Mantecal, en esas sabanas abiertas donde uno puede ver lejos… pero no necesariamente entender lo que está viendo.

El hombre se llamaba Eudomar Figueroa.

Buen llanero, sí… pero mal llevado.

De esos que se creen invencibles porque nunca les ha pasado nada.

Parrandero, mujeriego y amigo del exceso.

Aquella noche había fiesta grande.

El arpa marcaba nostalgia, el cuatro llevaba el pulso firme y las maracas llenaban los espacios como si el mismo llano estuviera respirando al ritmo del joropo. El trago iba y venía, y la madrugada se iba quedando corta.

Eudomar, en medio de todo, volvió a hacer lo suyo.

Se metió con una mujer ajena.

Pero esta vez no era un juego.

Era la mujer de Don Melquíades Zambrano, un viejo callado, de mirada pesada, de esos que en el llano no se explican… se respetan.

Alguien le advirtió:

—Déjelo así… hay caminos que se cobran solos.

Eudomar se rió, confiado, como siempre.

Y más tarde, cuando ya la música bajaba y el frío empezaba a calar, montó su caballo y se fue solo por la sabana.

Fue ahí cuando el llano cambió.

El sonido se fue apagando poco a poco, como si alguien estuviera cerrando una puerta invisible.

Primero los grillos.

Después el viento.

Después todo.

Y en ese silencio… apareció el silbido.

No era un sonido limpio ni natural.

Era largo, irregular, como una sucesión de notas que subían y bajaban sin ritmo humano, pasando de lo grave a lo agudo y quedándose suspendidas más de lo normal, como si el aire mismo se estirara de una forma antinatural. No venía de un punto fijo… parecía rodearlo.

Eudomar se detuvo.

Escuchó.

Intentó ubicarlo.

No pudo.

Siguió.

Pero el caballo ya no confiaba.

Se tensó, resopló, dudó.

El silbido volvió, más presente, más pesado.

Ahí es donde entra lo que mi abuelo siempre repetía:

Si lo siente lejos… ya está cerca.

Si lo siente encima… puede que aún esté lejos.

No responda.

No lo busque.

No lo rete.

Pero Eudomar ya iba tarde.

El olor llegó como un golpe.

Denso, húmedo, como tierra removida mezclada con algo descompuesto que lleva tiempo esperando.

El silbido cambió otra vez.

Se volvió más lento, más profundo… ya no parecía estar afuera, sino metiéndose en el cuerpo.

Y entonces… lo vio.

La figura era demasiado alta, desproporcionada, con extremidades largas que no se movían del todo como las de un hombre, un sombrero amplio cubriéndole el rostro… y un saco colgando del hombro.

Dentro del saco… algo chocaba.

Seco.

Rítmico.

Inconfundible.

Huesos.

El caballo cayó de rodillas.

Eudomar intentó reaccionar… pero el miedo ya lo había alcanzado.

Mi abuelo decía que en ese momento, el hombre entiende todo… pero ya no puede hacer nada.

A la mañana siguiente lo buscaron.

Porque en el llano, cuando alguien no llega, el silencio lo anuncia primero.

Encontraron el caballo… temblando todavía.

Y más adelante…

Las botas de Eudomar.

Paradas.

Firmes.

Vacías.

Sin sangre.

Sin cuerpo.

Sin explicación.

Solo la tierra marcada… como si algo lo hubiera arrastrado… y ese olor que ninguno quiso seguir.

Años después, mi abuelo dijo algo que todavía pesa:

—Cuando no dejan cuerpo… es porque no lo soltaron. Y después… ese hombre no se pierde… ese hombre avisa.

Desde entonces, en esos llanos de Apure, nadie se burla del silencio… y nadie responde a un silbido en la noche.

Porque el llano da…

pero también cobra.

Ahora le pregunto a usted:

¿Ha escuchado alguna vez un silbido raro en el llano o conoce a alguien que diga haber visto al Silbón? Cuéntelo aquí… que estas historias no se deben quedar calladas.


Fuente: Facebook Amantes del Llano 

 
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