REDES SOCIALES

martes, 18 de noviembre de 2025

OSWALDO PLAZOLA GILLY


 Autor: Omar Viana.

Bruzualeño de corazón.

El General Oswaldo Plazola Gilly. Siempre es recordado en su pueblo natal de Bruzual, parroquia capital del municipio Muñoz del Estado Apure, fue un militar de la fuerza aérea venezolana que los dos de agosto día de las fiestas patronales en honor a la Reina de los Angeles alegraba a la feligresía con el paso de los F16 por la población, esta visita era una señal que el General Oswaldo Plazola Gilly sentía un gran amor por el suelo que lo vio nacer, después de su jubilación de la fuerza aérea religiosamente visitaba Bruzual el día dos de agosto en la misa patronal y donó la imagen de la Virgen de Loreto a la iglesia de su pueblo. Era hijo de la bruzualeña Josefa Gilly "Josefina Gilly" y de Nerio Plazola. Personalmente lo conocí en el año 1983, cuando ocupaba el cargo de jefe del estado mayor de la fuerzas armadas nacionales de la República de Venezuela, en ese encuentro le entregué una carta que le envío la Asociación Amigos de Bruzual, dónde le solicitamos su ayuda para la instalación de la red telefónica de Cantv en la población de Bruzual. Con mucho agrado me recibe en su despacho del fuerte Tiuna, me preguntó si yo conocía bien a Caracas y le respondí que muy poco, el me dijo que me mandaría a la casa de su hermana Tahio Plazola de Nerio Mago, esposa del presidente de Cantv Nerio Neri Mago, para cordinar la entrega de las cartas de la Asociación Amigos de Bruzual. En horas del medio día nos reunimos en la casa de su hermana, para tratar el tema de los teléfonos para Bruzual y se acordó que ellos harían todo lo posible para que el presidente Luis Herrera Campins autorizara la construcción de la obra. En esa reunión me dijo la señora Tahio Plazola: Dígale a la gente de Bruzual que cuenten con la red telefónica que nosotros nos comprometemos para que eso sea una realidad. Un militar muy humilde, un llanero que nunca olvidó sus raíces y que se ganó el aprecio de todas las personas que lo conocieron. Muere el General Oswaldo Plazola Gilly en la ciudad de Caracas el día. 03 de octubre de 2016. En el acto del sepelio el Coronel Florencio Hernández García expresa unas palabras de profunda admiración y respeto. Dice el Coronel Hernández García lo Siguiente: Oswaldo José Plazola Gilly:

“No se muere hasta no haber sido totalmente olvidado. No se vive hasta no tener obras por las cuales ser recordado”.

Es esto lo que hoy nos hace vibrar los más íntimos sentimientos de profunda pena, de solidaria amistad y más aún, de reconocimiento al viajero que despegó en el vuelo eterno hacia el infinito, mientras nos encontramos reunidos familiares y amigos, en este solemne acto de despedida final.

Recordar pensando: en el silencio de los recuerdos retenidos pasados una y otra vez por nuestras mentes o recordar hablando: conversando acerca de esos recuerdos comunes, es lo que perpetúa la presencia del nuestro querido General Oswaldo Plazola Gilly en esta Dimensión de los que aún vivimos.

Es indudable que hablar del General Oswaldo Plazola, es hablar de la Historia Militar del País, es hablar del desarrollo de la Aviación Venezolana, es hablar de la Fuerza Aérea Venezolana, (no de algún extraño Componente) tal como él la concebía desde las alturas de la planificación de la Defensa Aérea Nacional, cuando le tocó ser fundador del Comando de Defensa Aérea Nacional.

Hablar del General Plazola, es hablar del debido empleo de los medios aéreos para su utilización en la guerra, concibiéndola como una Fuerza Independiente, como se concluyó después de la Segunda Guerra Mundial, asunto doctrinario que él había aprendido en sus múltiples estudios y que luego enseñó por mucho tiempo, además de ponerlo en práctica en Planes y Programas, desde la alta posición que le tocó desempeñar como Jefe del Estado Mayor Conjunto del Ministerio de la Defensa.

Aunque parezca mentira, todo lo dicho es “lo menos”.

Lo más, es que:

Hablar de Oswaldo Plazola, es hablar de un hombre de uniforme azul pizarra y de braga de vuelo. Un piloto que nos llena de orgullo, destacado desde sus primeros pasos como cadete de nuestra siempre amada Escuela de Aviación Militar, de ninguna extraña Academia, hasta la máxima jerarquía existente: la de General de División, a la cual llegó no por razones casuales, sino con sobrados méritos, manteniendo siempre su apego y amor al vuelo y a su querida FAV

Recordar al General Plazola, es recordar a un ser humano de características y de sentimientos muy especiales: el amigo sincero, el compañero afable y noble, el superior comprensivo y orientador.

Bullen en mi mente los recuerdos de los tiempos jóvenes, cuando se formó y operó el Equipo Acrobático de la Fuerza Aérea: “Los Caciques”, con los aviones Venom, “liderado” por el entonces Mayor Oswaldo Plazola Gilly (Guaicaipuro) y del cual fui gregario (Yoraco) en la posición de cierra rombo y de plano derecho. Ocurrió que durante una práctica de vuelo, hubo una colisión del “solo”, con los cuatro aviones que formaban el rombo, provocando una gran explosión en el aire, de la cual escaparon con vida El Mayor Plazola y el Tte. Rubio Espina, gracias a que se eyectaron oportunamente y falleció el “solo”, el Cap. Nestor Luis Guerrero. Pues bien, días después ya enterrado nuestro compañero Nestor Luis y a pesar de lo impresionante del accidente, el Mayor Plazola nos reunió para solicitarnos a los gregarios, si queríamos mantener el Equpo Acrobático Los Caciques. Ante esa muestra de convicción profesional y de valor, amén de amor por la Fuerza Aérea, varios continuamos volando, por varios meses más, como siempre bajo el liderazgo de aquel a quien hoy me toca despedir.

El General Plazola siempre enseñó con el ejemplo

Mi querido General Oswaldo Plazola: Despegue su nave y elévese al Infinito. Ícaro le indicará el camino. Desde esta Dimensión le despedimos sus familiares y sus amigos presentes y los sobrevivientes del Equipo Acrobático. José Miguel Àngel Gonzalez (Miguel Àngel), Vladimir Dorta Díaz, Fernando Rubio Espina, y este servidor, todos orgullosos de haber estado junto a usted, en este lado de los tiempos y de los lugares. Allí le recibirán los gregarios que se le adelantaron: Nestor Guerrero y Roger Blanco Castillo y muchos otros del Azul Pizarra, pioneros y de esa meritoria generación de aviadores a la cual usted pertenece.

Dios le Bendiga y le de el Descanso Eterno

Sabemos que nos hará compañía todos los 10 de Diciembre, Día la FAV. 

Omar Viana, cronista del Municipio Muñoz del Estado Apure.

 Bruzual 18 de noviembre de 2025

lunes, 27 de octubre de 2025

LUIGI PILIGRA Y SU BARBERÍA ARTE FRANCÉS

Luigi Piligra 

 Autor: José Rafael Ramos 

Llega de Sicilia, Italia a San Fernando de Apure un 28 de mayo de 1960, con sus padres: Don Giuseppe Piligra (+) y Doña Matía Piligra (+) sus hermanos: Pedro, de profesión Sastre, Salvador, Albañil; Giovanni, mecánico automotriz; Carmelo, barbero; Teresa y Mario, estudiantes.

Con tan solo 12 años de edad sus actividades comerciales inician en el Hotel "Tony", el cual estaba ubicado en la calle Queseras del Medio, frente al Vicerrectorado de la UNELLEZ, la zapatería "Sicilia", ubicada en la calle Sucre, frente a lo que actualmente es la Clínica "Vargas" y con Café "Sport", ubicado en la calle Bolívar c/c Miranda, dónde hoy día es el edificio de Gerardo Milano. 

Conjuntamente a esto, Don Luigi Piligra inicia sus oficios de barbero en la barbería "Palacio", del Sr. Enrique Poblador, originario de España, la cuál estaba ubicada frente al antiguo edificio de la gobernación del estado Apure, específicamente al lado de la casa de habitación de la familia Zerpa. 

En el período de 1960 a 1965, viaja a Caracas y funda la Barbería "Arte Francés", en Catia. Al año siguiente, 1966, regresa a San Fernando de Apure y abre las puertas de su barbería "Arte Francés", en la calle Bolivar, adjunto al antiguo Hotel "Central", de Don Salvador Cortell, actualmente Edificio ANLO, diagonal a la UNEFA. 

En 1968, muda la Barbería a unos pocos metros de la misma calle Bolivar, específicamente en el local de la familia Silva, al lado de lo que sería posteriormente Foto "Sapia", donde estuvo activo hasta el año 2020, completando así un total de 52 años de labores ininterrumpidas. 

En esa icónica barberia, personajes de alto calibre y de todos los estratos y niveles sociales fueron atendidos por Don Luigi, entre los cuales se pueden mencionar: Don Alirio Gallipolli, Don Ricardo Montilla, Don Augusto Guevara Anzola, Don Elias Castro Correa, Don Valentín Mujica, también los doctores: Dario Barrientos, Ismael Pérez, Augusto Carmona, así como personajes criollitos de nuestro pueblo San Fernando, el archiconocido Don Rafael Fleitas. 

Aparte de su oficio como barbero, Don Luigi es un fanático del deporte, pues practicó: Lucha Olímpica, con el profesor Di Rocco, Judo y Aikido, con los profesores Evelio Correa y Pedro Tang, así mismo es un aficionado al Motocross. 

Don Luigi es el fundador del edificio "Emporio Piligra" , ubicado detrás de la gobernación, en la Calle Piar, entre calle Bolívar y Comercio, lugar donde funcionó alguna vez un internado femenino y cuya construcción inició en el año 1990, entrando en funcionamiento en el año 2002.

De su matrimonio con la Sra. Sharon Mildred Rooks de Piligra, nacen sus hijas: Sharon Lucia y Valeria Carolina. De su matrimonio anterior nace Luis Augusto Piligra.

Don Luigi cesa funciones de su oficio como barbero motivado a su edad, sin embargo, actualmente a este "roble" del trabajo lo pueden ubicar en la calle Bolivar, en el local donde funcionó su buque insignia, su entrañable barbería "Arte Francés" , allí se dedica a la venta de insumos y artículos para Barberías. 

Así las cosas, queremos expresar que, en este grupo social "San Fernando la Ciudad y su Gente" estamos de plácemes al publicar la historia de Don LUIGI PILIGRA, ciudadano ejemplar, migrante italiano quien junto a su familia llegaron a esta tierra generosa que se llama Venezuela para aportar significativamente logros en nuestro desarrollo empresarial y social.

Fuente: Don Luigi Piligra.

Tomado de la página de Facebook San Fernando la ciudad y su gente de Miguel Vera 

jueves, 16 de octubre de 2025

BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL


 YO VIDE UNA GARZA MORA DANDOLE COMBATE A UN RÍO

Travesía Décima Segunda: Desde El Guyabo hasta El Yagual

Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero.

En los lomos de Bongo Tigre, esa embarcación que parecía domar las aguas como un felino de río, José Manuel Castillo y su tripulación se desprendieron esa mañana del rancho El Guayabo, donde la noche anterior habían dormido bajo el cielo estrellado de ese lugar del Cajón de Arauca.

Ya eran las cuatro de la tarde cuando, tras sortear las vueltas de Los Mangos y El Luquero, divisaron a lo lejos casas encogidas, como si el frío de las madrugadas de los días de diciembre las hubiese sorprendido sin cobija. A medida que se acercaban, las casas se estiraban, se volvían nítidas, y así, como quien despierta de un sueño largo, llegaron al pueblo de El Yagual, que se asomaba orgulloso al margen del río Arauca. 

Allí estaban casas y negocios como La Abnegación, propiedad de María Lourdes Castillo, una matrona conocida y familiar lejano de Jose Manuel, además de comercios legendarios como los de: Comercial Arauca, La Juliera propiedad Julio Utrera, La Muñosera de Carlos Muñoz, y La Cueva del Sapo de Manuel Mendez.

Treinta días habían pasado desde que partieron de San Fernando de Apure, en una madrugada que apenas clareaba. Treinta días de río, de brisas, de historias y aventuras tejidas entre palancas, espadilla y silencios. Desde el puerto de escalinatas de El Guasimito, se habían despedido de los suyos, con abrazos largos y promesas de volver. Habían navegado cientos de kilómetros: primero aguas abajo por el río Apure, luego venciendo aguas arriba el majestuoso río Orinoco, y ahora remontando el río Arauca, hasta alcanzar el Medio Apure con sus modestos sesenta y siete metros de altura sobre el nivel del mar.

La mitad de de los pasajeros de Bongo Tigre tenían como destino final El Yagual. José Manuel, patrón curtido por el sol y los aguaceros, decidió dar tregua a sus agotados bogas: tres días de descanso para todos, tres días que le permitirían resolver asuntos pendientes y reencontrarse con memorias y secretos que estaban en su corazón, que las corrientes de los ríos no había podido borrar.

José Manuel se hospedó en casa de doña María Lourdes Castillo, mientras los bogas y otros viajeros se repartían entre casas de conocidos o en el único hospedaje formal del pueblo, el Hotel Arauca, regentado por el excéntrico Juan Del Moral.

Esa tarde la cena fue un festín decembrino: hallacas con sazón de leyenda, preparadas por las manos diestras de doña María Lourdes. Al caer la noche, José Manuel colgó su chinchorro en el corredor de horcones de palo, frente a al patio interior de la casa, sembrado de matas ornamentales, medicinales y especias comestibles que perfumaban el aire con los olores ancestrales del cilantro, cebollín, orégano y ají. Durmió como un rey, como si el descanso le hubiese sido negado durante mil y una noche.

Antes del alba, ya estaba en pie. Tomo dos baldes metálicos sosteniéndolo con una vara al hombro, fue hasta la costa del río que quedaba muy cerca de la casa, los llenó y regresó para bañarse con esas aguas del Arauca que aderezo con unas cuantas gotas de Creolina y jabón de tierra, para despercudirse de piojos, garrapatas, coloraitos y todo “bicho de uña” que se le habían pegado en los ranchos de su larga travesía fluvial. Busco en su capotera el liquiliqui de dril color caqui, las alpargatas de suela villa curense, el sombrero de fieltro marrón oscuro, se vistió y se perfumó con agua de olor, la que compró en la casa de los Hermanos Lleras Codazzi, marca de ricos, lujo que se permitió dar aunque costara un sacrificio.

Sin esperar el desayuno, salió a recorrer ese pueblo de tres calles, visitó los comercios recién abastecidos por el vapor Arauca, que hacía menos de un mes había atracado en el pueblo. Compró las provisiones para cuando continuará su viaje hacia Elorza, Puerto Infante, El Amparo y La Victoria. Pero su verdadero propósito secreto en El Yagual aún no se había cumplido.

Pasó por la Plaza Bolívar, cruzó la calle donde estaba ubicada la Casa de Madera, de Felipe Mirabal, y llegó al puente que dividía el pueblo en dos mitades. Ese diciembre, el caño estaba casi seco, pero en invierno se desbordaba, era en esa temporada cuando aquel humilde puente de madera se volvía indispensable.

Mientras cruzaba el puente, pensaba en la Casa de Madera, única en su tipo, de dos pisos, con techos, paredes y pisos de tabla. Distinta a las demás casas que abundaban en el pueblo, que usualmente tenían paredes hechas con varas de píritu recubiertas de barro mezclado con paja, sostenida con vigas de anoncillo y horcones que hacían de columnas, techo de guafa cubierto con paja de vetiver y con piso de tierra apisonada.

Al otro lado del puente, apareció una casa blanca pintada con cal, con una puerta azul y dos ventanas. Era la casa de Betulia Santana. José Manuel se detuvo frente a ella, con el corazón apretado. Tocó una, dos, tres veces. A la cuarta, se abrió la puerta, y allí estaba ella: Betulia, ahora ya vieja, pero aun así radiante, hermosa, con la dignidad intacta de quien ha vivido para servir a otros. Para él, era la mujer más digna y buena moza del llano: piel canela, figura espigada, cintura apretada, caderas redondeadas, ojos grandes y negros, cabellera negrisima y rizada como las olas del río.

Y como siempre cuando la veía, no podía evitar tartamudear. El amor siempre le jugaba esa mala pasada de enredarle la lengua y hacerle un nudo en la garganta.

— Hola Be-Be-Be Betulia. ¿Co-Co-Como te ha ido? — Pero el no se avergonzo. Sabía que ella entendía que su torpeza era producto de su amor puro y del bueno.

Betulia lo recibió con respeto y afecto y lo condujo al patio fresco afuera, bajo los árboles de mango, mamón, níspero y ciruelo. Hablaron y rieron como tantas veces lo hacían. Veinte años de tertulias, de propuestas de matrimonio de intentos de noviazgo, que ella rechazaba una y otra vez con firmeza, alegando la promesa que le había hecho a su madre y a su padre antes morir, de criar y sostener a sus nueve hermanos menores hasta que se hicieran hombres y mujeres de bien. Ella no se había casado y nunca había tenido marido, al punto que la gente del pueblo, hacía ya algún tiempo, habían comenzado a llamarla, “Niña Betulia”. Sin dudas era una mujer de sacrificios.

Él, un hombre de infortunios, viudo desde joven, desde los diecisiete años de edad cuando su joven mujer, de embarazo primerizo, murió junto con su hijo por un mal parto. Eso lo convirtió en un hombre amargado que solo el amor por Betulia pudo cambiar.

Durante todas esas mañanas, José Manuel se dedicaba a visitar y conversar amenamente con familias amigas del pueblo, como los: Garbi, Croquer, Mirabal, Arteaga, Figueroa, Del Moral, Mendez, Montilla, Salerno y otras muchas familias cuyos apellidos se han perdido en el tiempo e inclusive tejió nuevas amistades con familias que antes no conocía como los: Echenique, Yapur y Gracia.

Pero las tardes, las tardes eran sagradas: eran para Betulia. Luchó con palabras y ternura para convencerla de que se casaran y se fueran a vivir a Cunaviche donde él tenía habitación. Ella le confesó que ciertamente estaba a punto de cumplir su promesa de terminar criar a sus hermanos, solo quedaba con ella su hermana menor, próxima a casarse en Semana Santa en en el vecino pueblo de Guachara.

Y entonces, fue en esa última tarde cuando Betulia le dio la esperanza que él había esperado por tantos años:

—Yo deseo y quiero casarme contigo —le dijo—. Solo te pido que me des el tiempo para que mi hermana menor celebre su matrimonio y así yo cumpla, totalmente, el juramento que le di a mis padres de proteger y criar a mis hermanos menores.

Al anochecer, se despidieron. Y después de veinte años de cortejo, José Manuel logró por fin besarla. Un beso que le supo a buñuelo con miel de arica: suave, dulce, inolvidable.

La mañana siguiente se iluminó clara y tibia sobre El Yagual, como si el sol supiera que aquel día marcaba el reinicio de una travesía legendaria. A las siete en punto, Bongo Tigre volvería a rugir sobre las aguas, cargado de sueños, provisiones y esperanzas. Los pasajeros que abordaban rumbo al Alto Apure subieron con sus bultos, sus historias y sus silencios. Los bogas, curtidos por el río y la vida, tomaron sus puestos en la proa y los bordes ampliados del bongo, con la solemnidad de quienes conocen los caminos de las aguas y los respetan.

El bongo tembló como un corazón que despierta, y se deslizó desafiante sobre las aguas del Arauca Vibrador, dejando atrás el pueblo que había sido testigo de aquel beso inmortal y pacientemente esperado. Al pasar por la vuelta de Boca del Caño, José Manuel, de pie en la popa del bongo y con las manos firmes sujetando la espadilla, divisó una garza morena en la orilla. El ave, con sus alas abiertas como estandartes, parecía pelear contra la corriente y desafiar al río con una danza de resistencia y belleza.

Fue como entonces cuando recordó el sueño que había tenido la noche anterior, que le vino a la mente como un colibrí a flor. Había soñado que un coplero, vestido de liquiliqui blanco y de sombrero, con voz de sabana, cantaba una tonada de ordeño. Su presentador lo llamaba Simón. Y antes de despertar del sueño, logró escuchar la primera estrofa de aquella tonada, que decía:

—Yo vide una garza mora

Dándole combate a un río

Así es como se enamora

Tu corazón con el mio —

José Manuel sonrió, con los labios, pero también con el alma. El sueño, la garza, la tonada con su música y letra… todo parecía un presagio tejido por el destino. Supo, sin necesidad de palabras, que los días de su soledad estaban contados. Que cuando regresara del Alto Apure, cuando el río lo devolviera a El Yagual, algo nuevo lo esperaba. Algo dulce, como buñuelos con miel de arica. Algo firme, como la promesa de Betulia.

Bongo Tigre siguió su curso, y el río, cómplice de amores y memorias, lo abrazó con su corriente. José Manuel, con la mirada fija en la lejanía del rió, ahora albergaba en su pecho la certeza que: —Que el amor siempre triunfa, y es como aquella garza morena; tenaz y sabia que lucha, aunque tenga que enfrentarse a los ríos poderosos de la adversidad— 


Así se sintió esa mañana aquel navegante. 


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(*) Un relato de autoría de Vinos Des Fruit.

(**) Créditos: Foto original de El Yagual. Fernando Magallanes

(***) Restauración de fotografías. Edición, color, montaje y texto de imágenes de Vinos Des Fruit.

Notas del Autor. 

Otras publicaciones de Vinos Des Fruit, anteriores y relacionadas en la Serie: Bongo Tigre.


1. BONGO “TIGRE” Y SUS AVENTURAS.

La Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Primera: San Fernando a la Boca del Rió Apure sobre el Orinoco.


2. LAS PALANCAS SE QUIEBRAN EN LAS RIBERAS DEL ORINOCO. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. La Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Segunda: de Boca Apure a Boca Arauca.


3. LA FIEBRE DEL ORO BLANCO. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Tercera: Boca Arauca- La Chorrerosa/Cabuyare/El Bracito.


4. LA FERIA DE LOS GRANDES PANES DE QUESO LLANERO. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Cuarta: Desde La Chorrerosa/Cabuyare/El Bracito hasta San Rafael de Atamaica.


5. ESPUMAS EN EL RÍO ARAUCA. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Quinta: Desde San Rafael de Atamaica hasta Isla Tocorón.


6. HACIA EL PASO REAL DE ARAUCA: ENTRE MISTERIOS y LEYENDAS. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Sexta: En el Paso Real de Arauca.


7. UN DIA EN EL PASO REAL DE ARAUCA. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Séptima: En el Paso Real de Arauca.


 8. ¡MARINERO AL AGUA! BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Octava: Desde el Paso Real de Arauca hasta las Queseras del Medio.


 9. SABANAS DORADA DE LA LIBERTAD. Tierras de Queseras del Medio. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Novena: En las Queseras del Medio.


10. CUANDO EL PELIGRO Y EL TERROR MERODEAN Y ACECHAN. Y los Chinchorros Cuentan Historias. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Décima: Desde Queseras del Medio hasta el rancho de El Plagon.


11. UN ENCUENTRO ENTRE BONGUEROS. Los Últimos Navegantes. BONGO “TIGRE” Y SU AVENTURA FLUVIAL. Ruta de la Pluma de Garza, el Cuero y el Queso Llanero. Travesía Décima Primera: Desde El Plagon hasta El Guayabo.

domingo, 14 de septiembre de 2025

LA CAPOTERA EN EL VIEJO CARAMACATE

 


Autor Miguel Barrios M.

Las sabanas encantadoras del viejo Caramacate parieron llaneros berracos y reconocidos de a caballo, sombrero y soga.

El llanero del recordado vecindario usaban implementos para aperar el caballo como silla de montar, sogas, espuelas, freno, tapa ojos, gurupera, porsiacaso, y capotera.

La capotera era una bolsa de tela gruesa, más larga que ancha, abierta por los dos extremos que se cerraban o se abrían con cordones o cueros delgados. Se usaban para llevar el chinchorro, la cobija, el mosquitero y otras pertenencias propias del llanero.

 Un llanero caramacateño no le faltaba la capotera ni el porsiacaso. Estaría incompleto sin estos dos implementos. Eran muy resistentes al uso y a los largos viajes de las faenas de llanos durante verano e invierno. Ambos objetos del llanero los amarraban detrás de la silla de montar. 

En el porsiacaso llevaban medicamentos, chimo, tabaco en rama, hallaquitas, casabe, panela, pan, y queso. Los viajes se realizaban desde el viejo Caramacate; durante varios días o semanas por los caminos y sabanas del Apure y Guárico con manadas de ganado o atajos de bestias principalmente para el comercio.

lunes, 1 de septiembre de 2025

LA TOTUMA EN EL LLANO


Por Evis Castillo 


 En el corazón del llano, la totuma es mucho más que un simple recipiente: es un utensilio esencial y un símbolo de la vida rural. Tallada a mano a partir del fruto seco del árbol de taparo (Crescentia cujete), esta vasija de origen precolombino ha perdurado por siglos gracias a su sencillez, durabilidad y funcionalidad.

Su uso es extraordinariamente versátil. En la cocina llanera, sirve para beber agua fresca de la tinaja, tomar el café de la mañana, o saborear una sopa. Su forma naturalmente cóncava y su superficie lisa la hacen ideal para recoger y servir alimentos, mientras que su ligereza la convierte en la compañera perfecta para el trabajador del campo.

El proceso de creación de una totuma es un arte en sí mismo. Una vez que el fruto del taparo ha madurado y se ha secado al sol, se corta por la mitad, se vacía de su pulpa y se pule su interior hasta obtener una superficie lisa y resistente. A menudo, las totumas se decoran con intrincados grabados o dibujos que cuentan historias de la naturaleza, el ganado o la vida cotidiana del llanero.

Así, la totuma es un objeto que encarna la filosofía del llano: la capacidad de usar lo que la naturaleza provee para resolver las necesidades diarias. Es un legado cultural que se mantiene vivo, un pedazo de historia en cada sorbo de agua o bocado de comida, un recordatorio de la conexión profunda entre el llanero y su entorno.

domingo, 31 de agosto de 2025

LA COCINERA DEL HATO

 


Por Evis Castillo 

"Guardiana de la tradición y el sabor"

En el corazón del hato llanero, la figura de la mujer cocinera es mucho más que una simple encargada de los fogones; es el alma de la casa, la guardiana de las recetas ancestrales y el motor que mantiene viva la tradición culinaria de la región. Con sus manos expertas y su profundo conocimiento de los sabores locales, esta mujer se encarga de alimentar a toda la familia y a los trabajadores, conocidos como "peones", con platos que son un verdadero reflejo de la vida en el campo.

Su jornada comienza al amanecer, cuando enciende el fogón de leña, el corazón de su cocina. El humo y el crepitar de la madera son los sonidos que anuncian un nuevo día. No usa balanzas ni medidas exactas; sus recetas se basan en la experiencia, el olfato y la intuición, transmitidos de generación en generación. Los ingredientes que utiliza provienen directamente del entorno: la carne de res fresca del propio hato, la yuca, el plátano, el maíz, el arroz y los productos lácteos como el queso de mano y el suero, que ella misma puede preparar.

Entre sus creaciones más emblemáticas se encuentran el pisillo de chigüire (capibara), la carne en vara asada lentamente, los plátanos fritos, el arroz llanero y el delicioso queso de mano, que estira y moldea con destreza. Cada comida es un ritual comunitario donde todos se reúnen para compartir no solo los alimentos, sino también las historias del día. La cocinera, con su generosidad y su sazón única, asegura que nadie se vaya con el estómago vacío.

Así, la cocinera del hato llanero no solo nutre cuerpos, sino que también preserva la identidad y el legado cultural de una tierra vasta y llena de tradiciones. Su trabajo es una labor de amor y dedicación que se saborea en cada bocado, y su presencia es fundamental para la vida y el espíritu del llano.

lunes, 11 de agosto de 2025

YELITZA MEDINA (LA CANTORA DEL DIOS DE ISRAEL)


    La Cantora del Dios de Israel.

Es reconocida por la canción Adoración Llanera, en honor al Dios creador, Dios de Israel y al llano apureño, hasta el presente con tres grabaciones de audio. A continuación su biografía, expresada en sus propias palabras:

Aquí les dejo un extracto de mi vida: puedo precisar mis primeros recuerdos de infancia feliz, en mi amado pueblo Elorza y en el fundo “La Granja”, propiedad de mis padres: Hortensio Medina y Ofelia Antonia Martínez de Medina y donde nací un 20 de mayo de 1969; la sabana, reverdecida por la primeras lluvias, parecía celebrar mi nacimiento a lo que también se unía mi padre, quien había amanecido en una fiesta con arpa, cuatro y maracas, en esos bailes costumbristas de esa inmensa llanura apureña; imagino su voz clara, hermosa e indómita cual potro en la sabana, ante la melodía de un pasaje, de un joropo en tono menor… quizás de él heredé el amor, el arte para interpretar y amar la música de arpa. 

Soy la hermana número doce, de una familia de doce hermanos y el parto número quince de mi valiente madre, (de quien no heredé esa valentía); hermana también por crianza de tres sobrinos formados por mis padres, que se convirtieron en mis amados tres hermanos mayores; soy también hermana de una hermosa joven del pueblo pumé hija de mi padre.

Mi niñez, adolescencia y juventud transcurren en el fundo “La Granja” y Elorza (mi amado Elorza) y San Fernando de Apure, donde culminé mi formación académica iniciada en Elorza en el Grupo escolar "Simón García Rosales"; luego en San Fernando de Apure, en el Grupo Escolar "Alirio Goitía Araujo", Liceos: "Rómulo Gallegos", y "Lazo Martí" donde obtuve mi título de Bachiller en Ciencias; seguidamente en la UNELLEZ Apure obtuve mis títulos de T.s.u y Licenciado en Contaduría Pública y en la UPEL IMPM, egresé como Profesor, especialista en Lengua y Literatura. 

Soy madre de dos hermosos hijos: Henry, fallecido a los cinco días de nacido y Princesa Raily Germany, compañera de vida y ministerio. A la edad de 21 años, luego de la muerte de mi madre, conocí el camino que conduce a vida eterna, conocí a Cristo Jesús, el Salvador de los hombres, en este camino aprendí la interpretación de alabanzas con música de arpa, logrando grabar música, conforme a la Palabra de Dios, acorde al Salmos 71:22 “tu verdad cantaré a ti en el arpa, oh Santo de Israel”; porque de Israel, de los judíos, viene la salvación. El campo y el llano mío me hicieron admiradora del Dios creador de la llanura y así nace la canción “Adoración Llanera”, una pieza musical interpretada con arpa, cuatro, maracas y bajo a la cual defino como como una oración hecha canción. En ella la humanización se hace presente para expresarle al Dios de Israel lo que la sabana, la flora, la fauna de mis andanzas y de mi entorno querían proclamarle. 

Les comparto la letra de ésta alabanza, cuyas letra y música recibí de parte del Espíritu Santo de Dios…

  Una oración hecha canción:

(Escucha Dios de Israel, aquí está tu cantadora, la sabana me pregunta, si nos aceptas esta adoración tan criolla, que te hace mi llanura con su fauna y con su flora); (te glorifica el estero, el caño y la flor de bora, una parte de sabana con bejuco y lambedora y a orillas del río Arauca te alaban las corocoras).

(Escucha Dios de Israel, yo soy tu hija cantora, como nací campesina a mucha honra debo decir en otrora que el campo y el llano mío me hicieron tu admiradora) 

(Escucha Dios de Israel, yo soy tu hija cantora, como nací campesina a mucha honra debo decir en otrora "La Granja" y el llano mío me hicieron tu admiradora). Te brindan un aleluya sabanas y garza mora, el corral del paradero, una vaca paridora y recibe un “gloria a Dios” de unas reces bramadoras; un mocho viejo ensillao, que como que al cielo implora, que no nos quite su gracia porque si no el llano llora, llano de Hortensio Medina y de Ofelia su señora.

Fuente directa: Yelitza Medina

Gracias a Morelba León por su colaboración para que conozcamos la historia de Yelitza Medina.

sábado, 26 de julio de 2025

LOS SOCORRISTAS DE LAS AGUAS MANSAS


Inundaciones en San Fernando de Apure de los años 1.943 y 1.945

El cielo no habló de tormentas, pero el río Apure sí. Ese gigante que había estado dormido, por más de cinco décadas se había alzado en silencio y comenzó su ceremonia de circunvalación alrededor de San Fernando.

Fue una noche de sábado, en pleno mes de agosto, cuando el río rodeo al pueblo por sus cuatro costados: al norte, con su cauce principal en las riberas de El Cañito, frente a Puerto Miranda, y al sur, a través de sabanas y potreros por los desbordados caños Caramacate y El Negro.

Al amanecer de aquel domingo de agosto, el caudal del rio había superado la altura de todos los puertos principales que daban a El Cañito: Barbarito, Ligeron, El Tamarindo, Coronel Mora y El Guasimito y de los puertos secundarios: Castillito, La Pastora, Puerto Arturo, Casa Blanca, Mucurita, Mi Cabaña, La Inglesera y otros mas. Las tapas de las bocas de La Burra y Boca de Guerra cedieron ante la fuerza de las aguas.

Al mediodía del domingo, San Fernando estaba sumergido o como dicen los que lo vivieron, “el pueblo estaba anegao”

Ese San Fernando de entonces empezaba al norte en las orillas de El Cañito y se extendía al sur hasta la calle Colombia. A partir de esa calle, todo el espacio que le seguía, se le conocía como “El Monte”, formado por bajíos, potreros y viviendas dispersas, donde sobresalía solo una edificación, a las afuera del pueblo; el Cuartel del Ejército, en el desconocido hoy, sector de “Perro Seco”. Años más tarde, ese cuartel se convertiría en Cárcel Pública y después en el Internado Judicial de San Fernando.

Hacia el oeste, el pueblo comenzaba en Casa de Zinc y llegaba al este hasta las instalaciones administrativas de la Compañía Inglesa, conocida como La Inglesera, al lado del antiguo Comando de la Policía del Estado. Fuera de esos límites, al este y el oeste todo era también; monte, sabana y viviendas dispersas.

Aunque estas inundaciones no fueron las únicas en la historia de San Fernando, sí fueron las primeras que Elías Maluenga presenció y vivió. Fueron tan cercanas entre sí, que era difícil de creer: primero en el año 1.943, luego casi de inmediato en 1.945.

El rio Apure creció tanto frente a San San Fernando que sobrepasó el nivel de daño ubicado en 47 m.s.n.m (metros sobre el nivel del mar) y se ubicó en la cota de 53 m.s.n.m. Pocos lugares de la ciudad quedaron sin ser afectados: el Palacio de los Barbaritos y la Plaza Independencia fueron las dos únicas excepciones. Las inundaciones no respetaron ni siquiera a la Plaza Bolívar, ni su antigua Iglesia Colonial, ni siquiera al Palacio Fonsequero sede del insigne y susceptible gobierno regional. 

En el año 1.940 Elías Maluenga había comprado una camioneta Ford de paquete y del año, toda una joya de la ingeniería automotriz en su época: carrocería de líneas redondeadas aerodinámicas como si quisiera volar, con un amplio cajón para carga en su parte trasera, parrilla frontal en forma de “V”, motor V8 de cabeza plana con 85 caballos de fuerza y transmisión manual a tres velocidades. Toda una bestia por su potencia y a la vez una verdadera dama por la suavidad que se desplazaba al andar.

En los veranos de Apure, Elias Maluenga con aquella Ford 1.940 cruzaba sabanas, caños y hasta ríos con buenos pasos veraniegos sin problema alguno. En cambio en invierno, se veían obligados a invernar en el pueblo, ya que las sabanas se volvían demasiado hondas y no existían en el Estado Apure carreteras por donde transitar.

Aquel domingo de agosto de 1.943 cuando el agua volvió con el mismo ímpetu que en el año 1.892, Elías Maluenga supo que había llegado el día, en que él junto su hermano Cleto y su flamante Ford dejarían de ser espectadores para convertirse en servidores.

Reunió a sus amigos con una propuesta sencilla: formar el primer grupo de socorristas voluntarios en Apure:

. Juancho, el mayor de todos ellos, hombre de llano, sombrero siempre terciao, conocedor de las crecientes y experimentado en trabajos de cargar tierra con parihuela, hacer tapas y lomos de perros en fundos y hatos.

. Miguel, el más joven, soñador, altruista y estudiante del Colegio Federal Miranda.

Cleto Maluenga, hermano menor de Elias.

. Anastacio, caletero emérito de la tienda de importación y exportación de los hermanos Lleras Codazzi, negocio ubicado frente a la hoy conocida Plaza de Independencia, frente al Palacio de los Barbarito.

Los dos hermanos, Elías y Cleto Maluenga expusieron la misión a sus amigos:

—Nos uniremos a la gente más necesitada para ayudarlos a trasladar sus corotos y animales de patio: gallinas, patos, guineos y cochinos, hacia las casas de sus familiares que estén menos afectados, para que allí pasen el invierno—

Juancho el experto parihuelero y Anastasio el emérito caletero propusieron:

—Iremos a los potreros que no estén inundados y que tengan bancos altos, “joyaremos” y sacaremos tierra y arena y las llevaremos a la gente para que la ensaquen y construyan ellos mismos muros de protección alrededor de sus casas, levanten los pisos de sus viviendas y así se protegen de la creciente—

Miguel, el soñador y más político del grupo, añadió:

—Reclamemos y exijamos. Enviaremos una carta al presidente de la República Isaías Medina Angarita y a los gobernadores de Apure - los que se sucedieron entre 1.943 y 1.945 - Carlos Rodríguez, Juan Salerno y Carlos Vivas, solicitando que en el verano próximo se construyan y mantengan las obras de protección contra las inundaciones, para que no vivamos de incertidumbre en incertidumbre y de emergencia en emergencia—

Y Elías, con firmeza, completó:

—Y que los gobiernos, que no se olviden del pueblo una vez que pasen estas crecientes. La última gran inundación fue en el año 1.892, y desde entonces hasta 1.943 y 1.945, el gobierno federal como se le conocía al gobierno nacional, nada hizo, ninguna obra importante o mantenimiento de las que ya existían se realizó para protegernos de la inundaciones. Que actúen ahora antes de que, como siempre, culpen al invierno y digan… ‘ay, es que nos agarró el catarro sin pañuelo’—

Fue así, como este grupo de hombres comprometidos y decididos se pusieron al frente de aquella obra de misericordia y compasión. Bautizaron al equipo de voluntarios con el nombre de: Los Socorristas de las Aguas Mansas, inspirados en el ruego que repetían cada vez que se disponían a realizar una tarea de ayuda o salvamento:

“Dios y Padre nuestro, sálvanos de las aguas mansas, que de las bravas nos cuidamos nosotros.”

Y es que las aguas que inundan en los llanos, son en apariencia mansas, nunca se aparecen de golpe. Se insinúan y se filtran poco a poco, hasta que llega el día en que los pueblos despiertan con el agua al cuello.

Las inundaciones de 1.943 y 1.945 rodearon a San Fernando por los cuatro puntos cardinales. La calle del Río, las calles: 19 de Abril, Comercio, Bolívar, Sucre, Páez, Muñoz y Colombia, todas las calles transversales, las casas, todo quedó bajo las aguas .

Fotografías de esos años muestran los estragos de esas crecientes: sector Casa de Zinc bajo el agua, el Cuartel del Ejército sumergido en el agua hasta las costillas, la calle Páez con el agua a la cintura en su cruce con la calle Coto Paul frente a la casa de doña Ángela Estévez quien fue la esposa del célebre joyero Faoro,.

Pero entre aquellas aguas que lo cubrieron todo, flotó la imagen de los valientes de esa época. En una foto sepia, atrapada en el tiempo, se ve a aquel grupo de voluntarios, seguramente descalzos, con los pantalones arremangados, barro en las canillas y con miradas firmes, pero aun asi alegres y de buen humor, haciendo el trabajo que sin ninguna remuneración económica que habian jurado cumplir.

Esos fueron los valientes que dejaron huella por su solidaridad y compromiso, auxiliando a la gente en medio de aquellos diluvios. Los llamados Socorristas de las Aguas Mansas con su inconfundible y aguerrida camioneta Ford 1.940.

En nada ellos eran héroes de: estatua, latón o figurines, que lo poco que hacen es para ser vistos por los públicos de galerías.

Fueron heroes de verdad: de carne, de servicio con alegría y determinación.

(*) Un relato de Vinos Des Fruit.

(**) Restauración, edición, color, montaje y texto de fotografías: Vinos Des Fruit.

(***) Créditos: Fotografías: Italo/Edgar Decanio.

martes, 8 de julio de 2025

EL PABELLÓN


Por José Jiménez (Billy)

El origen del pabellón: una historia llena de sabor y amistad 

Había una vez en #Caracas, una pequeña cocina llena de risas y colores, donde una abuela llamada Rosa y su nieta Lina compartían tardes enteras criando sabores y recuerdos. Rosa siempre decía que la comida no solo llena el estómago, sino también el alma.

Un día, Lina le pidió a su abuela que le enseñara a preparar algo especial para su escuela. Rosa sonrió y decidió enseñarle a hacer el famoso pabellón, un plato que nació en un rincón de Venezuela donde la alegría y el sabor se mezclarán en cada bocado.

¿De dónde viene el pabellón?

Cuenta la historia que en tiempos antiguos, en las calles de Caracas, las comunidades combinaban ingredientes simples y económicos para crear algo delicioso. El pabellón tiene raíces en la cultura criolla, representando la bandera de Venezuela con su colorido: el arroz blanco como la paz, el caraotas negro como la valentía, la carne mechada como la riqueza cultural, y las plátanos fritos como la alegría de vivir.

La receta mágica de Rosa (para que puedas crear tu propio pabellón):

Ingredientes:

2 tazas de arroz blanco cocido

1 taza de caraotas negras cocidos

300 g de carne de res para mechada.

2 plátanos maduros

Aceite para freír

Sal, ajo y cebolla al gusto

Pimientos y ají (opcional, para más sabor)

Instrucciones:

Preparar la carne:

Cocinar la carne con sal, ajo y cebolla hasta que quede suave y desmenuzada. La carne mechada debe ser tierna y sabrosa, lista para deshacerse en la boca y contar su historia en cada bocado.

Hacer el arroz:

Cocer el arroz blanco hasta que esté suelto, como una nube, para que sea la base perfecta del plato.

Cocer los caraotas:

Cocer los caraotas negras con un poco de sal, y si quieres, agregar pimientos para darles un toque alegre.

Freír los plátanos:

Pelar y cortar los plátanos maduros en rodajas. Freírlos en aceite caliente hasta que estén doraditos y crujientes, casi como el sol en la tarde.

Montar el plato:

En un plato grande, coloca primero una cama de arroz, seguido por los caraotas, la carne mechada y los plátanos fritos. ¡Y listo! Tienes un pabellón que te llenará de sabor y alegría.

¿Y por qué es tan especial?

Porque cada ingrediente tiene su historia y su color, formando un mosaico que refleja la diversidad y alegría del pueblo venezolano. Y más allá del sabor, cada bocado te conecta con la cultura, las risas en la cocina y las historias de quienes han disfrutado de este plato por generaciones.

¿Te animas a preparar tu propio pabellón y crear nuevas historias sabrosas? ¡Que cada cucharada sea una celebración de vida y tradición!

miércoles, 25 de junio de 2025

LA PUMAROSA


 El día que el río se rió

Por José Jiménez (Billy)

Era un mediodía de esos que el sol parece que se hubiera enamorado de la tierra, pegajoso y caliente. Por allá, en el cajón del Arauca, Don Cheo, un llanero viejo y más arrugado que un moriche seco, estaba sentado en su curiara, pescando con una paciencia que solo los ríos entienden. Al lado, su compadre, Juan Matías, un tipo que hablaba más de lo que pescaba, no paraba de contar historias de cuando el río era joven y los peces se pescaban con las manos.

—Cheo, ¿te acordás de la vez que el río se rió? —preguntó Juan Matías, mordiendo una pumarrosa que había traído del ranchito. La fruta, roja por fuera y blanca por dentro, brillaba como una joya en medio de tanta tierra y agua.

Don Cheo lo miró con esos ojos que parecían haber visto todo y nada al mismo tiempo. —¿El río reírse? Compadre, vos estás más loco que un garza en un baile de caimanes.

—¡No, joda! Te juro que fue así —insistió Juan Matías, escupiendo una semilla al agua—. Fue una tarde como esta, pero el río empezó a hacer burbujas, como si se estuviera riendo de algo. Yo creo que se burlaba de nosotros, porque ese día no pescamos ni un guabino. Y eso que yo tenía una pumarrosa en la mano, pa’ ver si el río se animaba a soltar algo.

Don Cheo se rió, pero no de la historia, sino de su compadre. —Juan Matías, vos tenés más imaginación que un niño con un cuatro nuevo. El río no se ríe, el río es serio como un entierro. Pero dame un pedazo de esa pumarrosa, que pa’ aguantarte a vos, necesito algo dulce.

Juan Matías le pasó la fruta, y los dos llaneros compartieron la pumarrosa, que estaba tan fresca como el agua del Atamaica. Pero justo en ese momento, el agua empezó a hacer burbujas, como si algo grande estuviera moviéndose debajo. Los dos llaneros se miraron, y antes de que pudieran decir algo, la curiara se movió tan fuerte que Juan Matías se cayó al agua con la pumarrosa todavía en la mano.

—¡Cheo, el río se está riendo de mí! —gritó Juan Matías, nadando como un cachicamo en un charco, mientras intentaba salvar la fruta que flotaba como un bote en miniatura.

Don Cheo, entre risas y maldiciones, lo ayudó a subir de nuevo a la curiara. —¿Ves, compadre? El río no se ríe, pero vos sí das risa. Y ahora hasta la pumarrosa se quiere ir contigo.

Juan Matías, empapado pero con la fruta todavía en la mano, se rió. —Bueno, al menos el río no se llevó mi pumarrosa. Esta fruta es más valiente que yo.

Y así pasaron el resto de la tarde, riéndose del río, de la pumarrosa y de ellos mismos. Porque en el llano, la vida es así: dura, caliente, pero siempre con un chiste listo pa’ quitarle lo amargo. Y si hay una pumarrosa de por medio, mejor todavía.

 
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