Davianny Carolina Navarro Araujo es venezolana, de San Fernando de Apure, y escribe desde que tenía trece años.
En su casa escribir era lo más normal del mundo. Su mamá es profesora de literatura y fue la primera persona que le enseñó a redactar. Su tía es escritora. Su tío es compositor. Y su abuela, que ni siquiera llegó a sexto grado, fue la maestra de redacción de toda la familia.
También fue violinista hasta los diecinueve años, y eso todavía se le nota cuando escribe. Dice que es como hacer música: saber dónde va la pausa, dónde se separa un párrafo del otro, dónde poner el silencio para que la frase pegue.
Cuando le regalaron su primera computadora se la pasaba metida en una enciclopedia digital que traía dos secciones, una para niños y otra para adultos. Se leyó la de niños completa. Después, obviamente, se metió en la de adultos.
A los trece llegó al mundo de las fan pages. Venía de esa generación: tenía páginas de Justin Bieber, de Selena Gomez, de Demi Lovato. Escribía fanfics con amigas de México y Argentina que nunca había visto en persona. Diseñaba, moderaba, armaba comunidades enteras sin saber que quince años después eso se iba a llamar creación de contenido.
Hasta que hizo su propia página, por una razón muy simple: necesitaba dónde publicar lo que ella escribía.
La página se llamaba "W h a t e v e r", y el 22 de mayo de 2011 publicó ahí su primera novela: Black Mind.
Era muy romántica. Todavía lo es, para qué mentir. Creció escuchando historias de amor, viendo Cartas a Julieta, leyendo Orgullo y Prejuicio, imaginándose un mundo donde las chicas cosían sus vestidos de fiesta y jugaban con sus hermanas en el campo. Y todo eso lo escribía.
La página llegó a 75.000 seguidores, en una época donde la viralidad todavía no existía. Y menos en literatura. Ahí se juntaron chicos y chicas de toda Latinoamérica, algunos de su mismo San Fernando de Apure, que también escribían novelas, cuentos y frases sueltas.
Ella era la más chiquita del grupo y aun así era la que lo sostenía todo: moderaba, armaba concursos de escritura y le dejaba libertad creativa a los demás. Todavía conserva amigos de esa página.
Cuando llegó el momento de escoger carrera, le preguntó a su mamá qué carrera existía donde ella pudiera escribir todo el tiempo. Su mamá le dijo: comunicación social.
Se fue a estudiar a la ciudad de San Juan de los Morros a los dieciséis años. En la Universidad Nacional Experimental Rómulo Gallegos estuvo en un grupo de escritores que se llamaba Ágora Insomne.
En 2019, mientras todavía estudiaba, consiguió su primer trabajo remoto.
Y en marzo de 2020 hizo algo que, visto hoy, no tenía ningún sustento.
En una reunión de trabajo —de esas donde te preguntan qué hiciste esta semana— dijo en voz alta que había decidido ser redactora publicitaria.
Nadie reaccionó. A nadie le importó. Pero no lo dijo para que le importara a alguien: lo dijo para no poder echarse atrás. Ni siquiera sabía bien qué significaba eso. Era una corazonada, y ella la declaró.
El 3 de marzo de 2020 publicó su primer post en Instagram. Se llamaba "Estoy harta de no ser copywriter". Tuvo veinte likes.
Aprendió sola, con videos de YouTube, porque no tenía plata para pagar un curso.
Y como no tenía clientes, se los inventó. Buscaba productos que le gustaran —cursos de expertas que ni la conocían, marcas de maquillaje, de ropa— se metía a la página y escribía los textos como si el cliente fuera suyo. No se los mostraba a nadie. Tenía un amigo con experiencia que le decía si había quedado bien o qué tenía que mejorar.
También hizo intercambios. A unos chicos de Argentina que hacían invitaciones para bodas les escribió la página web completa. Ella ni se iba a casar. La invitación que le dieron a cambio se la regaló a una amiga.
Su primer cliente real llegó por Instagram, cuando ella tenía tres publicaciones y nada de trabajo que mostrar. La persona le escribió porque la redactora que tenía la había dejado mal y necesitaba una página urgente.
Ella dijo que sí.
Después vinieron diez meses trabajando sin producir una sola venta para sus clientes. Que en esta profesión es el peor dolor que existe: no es que a ella no le pagaran, es que ella no le estaba haciendo ganar dinero a nadie.
Nunca pensó en dejarlo, y por una razón muy concreta: veía que en España, Brasil y Estados Unidos el mercado ya estaba desarrollado y a otra gente le estaba funcionando. Si allá se podía, aquí también.
Mientras tanto le escribía a desconocidos. Redactores consagrados, en grupos de Facebook, pidiendo un consejo que para ellos era una tontería y para ella lo cambiaba todo. Su regla era simple: dejar la pena. No importa que te dejen en visto, porque si no escribes nunca vas a saber.
También armó un grupo de estudio con otras chicas. Se pasaban cursos, se pasaban libros, hacían Zooms.
A los diez meses le llegó el mensaje de un cliente: sus correos estaban vendiendo.
Lloró. Llamó a sus amigos y a su mamá. Y salió a cenar con ella a celebrar, porque significaba que tanto esfuerzo había valido la pena y que iba por buen camino.
La corazonada era acertada.
De ahí en adelante llegaron las agencias, los equipos y los proyectos grandes. Ha escrito para Maickel Melamed, Daniel Habif e Ismael Cala, entre otros expertos del mercado hispano.
En una agencia de lanzamientos llegó a dirigir el departamento de redacción y a formar equipos. Ahí le pusieron un apodo que todavía carga con orgullo: Hermione. Por la de Harry Potter. La sabelotodo. La que se mete a investigar hasta el fondo.
Escribe entre tres mil y cuatro mil palabras diarias. Todos los días. Desde hace seis años.
Y también aprendió que esta industria es dura. Una vez la sacaron de un lanzamiento a mitad de camino, y lo cuenta sin adornarlo: los lanzamientos pueden llegar a ser Goliat, y ella era David. No tenía la madurez para entender en lo que se estaba metiendo, y le tocó descubrir que la industria podía ser feroz.
Si le preguntas qué fue lo más difícil de todo, no dice la técnica. Dice cobrar lo que vale. La habilidad se aprende; lo que no se aprende en ningún curso es la audacia para abrirse camino y conseguir los contactos. Eso se construye leyendo mucho, teniendo referentes y obsesionándose con lograrlo.
Migró a Colombia en 2021, y lo dice con una mezcla de alivio y orgullo: es una migrante que nunca tuvo que hacer otra cosa que no fuera su oficio. Hoy vive en Bogotá.
Guarda las fotos de cuando se mudó. De cuando compró sus primeras vajillas. Del día que le entregaron las llaves.
Ha vuelto a Venezuela varias veces a ver a su familia, que para quien salió del país no es un detalle menor: sostenerse en otro país y además juntar lo del viaje.
Viene de una familia de clase baja. Su mamá fue madre soltera. Nunca tuvieron casa propia. Y sobre lo que cambió no se pone poética: mucha gente dice que la situación se puso dura en los últimos años, pero en su casa la situación siempre fue dura. Ahora se suavizó.
Hoy dirige Chicas Que Triunfan, su academia de redacción publicitaria para mujeres hispanohablantes.
Que sea solo para mujeres es completamente a propósito. Casi todo el mundo está construido para los hombres, dice, porque los que construyeron las cosas fueron hombres, o al menos así era antes. Ya hay un montón de libros, mentores y academias con el enfoque masculino de los negocios. Pero las mujeres tienen otra sensibilidad y otra forma de decidir: ella, soltera y con veintiocho años, toma decisiones pensando en su versión casada y con hijos, y en cómo eso le va a afectar el tiempo y la productividad. La mayoría de los hombres solteros de veintiocho no piensa en eso. Y por eso hacen falta espacios creados por mujeres para mujeres.
Sus alumnas ya están generando sus propios ingresos escribiendo.
Pero cuando le piden un ejemplo, no habla de dinero. Habla de una amiga suya que estaba en un trabajo tóxico y mal pagado, sin fines de semana. Entró a la academia y, a la semana, Davianny necesitaba a alguien que la asistiera. La llamó. Pasó todas las pruebas. Hace poco le subieron el sueldo, porque es muy buena.
Lo que cambió no fue el sueldo. Es que ahora tiene sus fines de semana. Puede ir al médico sin pedir permiso. Puede acompañar a su mamá o a su papá a una cita sin tener que pedir el día. Y aun así llega a su casa y trabaja. Y si quisiera viajar, viajaría.
Eso es lo que ella quiere transmitirle a una mujer. No el dinero: lo que este formato de trabajo te permite hacer.
Y hay algo que encontró luego de migrar. Lleva casi tres años con su fe en Dios en el centro de todo, y lo pone por encima de cualquier logro. Sabe lo que es vivir sin la presencia de Dios, y cambiaría sus primeros veinticinco años por un solo día de su vida hoy. Porque los logros bonitos no tienen sentido si en la noche vives con ansiedad o sientes que algo te falta. Tienen sentido cuando llega una paz que sobrepasa todo entendimiento.
Al final, es la misma historia de siempre. Una muchacha de Apure que se metió en una computadora a escribir, armó una comunidad alrededor de eso, y quince años después sigue haciendo exactamente lo mismo: escribir, y juntar gente que quiere escribir.
Ahora, hace lo mismo profesionalmente, para cambiar la historia de su propia familia y la de sus estudiantes.
Fuente directa: Davianny Navarro
https://youtu.be/z7t41KpFn1A?si=rKgnxwsJhZG5WZfU





septiembre 12, 2026




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